AGUSTINA BECHIRAH
Agustina Bechirah — 23 años
Agustina Bechirah tiene veintitrés años y la misma mirada que su hermano — esos ojos verde oscuro que no miran, examinan. Directora de Marketing de DMT. Vive con Gabriel en el tríplex de Recoleta. Y conoce a ese hombre mejor que nadie en el mundo, incluido él mismo.
No llegó a ese lugar por ser su hermana. Llegó porque nunca miró para otro lado cuando las cosas se pusieron difíciles. Cuando Gabriel se blindaba, ella sabía exactamente qué había detrás del blindaje. Cuando levantaba la careta de irónico e inalcanzable, Agustina ya sabía el chiste de memoria — y aun así se reía, porque lo ama, no porque le crea el personaje.
En el trabajo es otra cosa. Seria, precisa, con criterio propio. No heredó el puesto — se lo ganó. Nadie en DMT confundiría su cercanía con Gabriel con privilegio, porque Agustina entrega resultados antes de que alguien pueda hacer el comentario. Tiene algo de él en eso: la necesidad de demostrar que lo que construyó es suyo.
En lo amoroso es cautelosa. Tuvo algunas relaciones, pero nunca se entregó del todo. Como si supiera — con esa intuición que tienen algunas personas — que lo suyo todavía no llegó. No lo dice con tristeza. Lo dice con la misma paciencia con la que espera que las cosas tomen su forma correcta.
Es ella quien le cuenta a Nova la historia de porque Gabriel se cerro asi. La historia que Gabriel nunca podría haber contado — porque cuando uno carga algo demasiado tiempo, ya no puede narrarlo sin defenderse. Agustina lo narra sin defensa. Con amor y con verdad. Y en ese momento, el lector entiende por primera vez por qué Gabriel es como es.
Después de que Nova muere, Agustina hace algo que no lo anuncia, no lo declara, simplemente sucede: se convierte en la figura materna de la pequeña Nova. La cuida, la sostiene, la ama como si fuera suya. Porque para ella, en todo lo que importa, lo es.
Y en la última escena del capítulo siete, su propio arco cierra de una manera que pocos van a ver venir. Hay un joven. Hay un café derramado. Y hay una oración que Agustina hizo una vez, en silencio, sin saber si alguien la escuchaba: lo que te pasó a vos quiero que me pase a mí. La respuesta llega tarde. Pero llega exacta.
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