
La historia tras la historia
Hay historias que uno elige contar. Y hay historias que simplemente ocurren, que se instalan en la vida sin pedir permiso y que, con el tiempo, uno entiende que nunca fueron un accidente.
Esta es una de esas.
Yo era una persona común. Tenía un trabajo, una rutina, una vida que avanzaba como avanzan casi todas las vidas: hacia adelante, sin detenerse demasiado a mirar. Hasta que un día el cuerpo dijo basta. Llegué a la guardia con veintiún puntos de presión. Los estudios que vinieron después confirmaron un diagnóstico que cambiaría todo: falla renal.
Lo que siguió fue un tiempo de derrumbe silencioso. El tratamiento, la pérdida de peso, dejar el trabajo, dejar la vida tal como la conocía. Pasé de ser el que salía a ser el que se quedaba, y en ese quedarse había una lucha interior que pocas veces supe poner en palabras. Ver a mi esposa salir a trabajar cada mañana mientras yo permanecía en casa era un peso que se renovaba todos los días. Me sentía inútil. Me preguntaba qué quedaba de mí en esa quietud obligada.
Fue entonces cuando Dios habló. No con un trueno, no con señales extraordinarias. Lo hizo de la manera en que siempre lo hace cuando uno está en el piso: con Su Palabra, trayéndola a mi memoria una y otra vez, con una persistencia que solo puede venir de Él.
Con amor eterno te he amado, por eso te extendí mi misericordia. (Jeremías 31:3)
Esa frase se convirtió en el suelo firme debajo de mis pies cuando todo lo demás parecía arena. Poco a poco, con una lentitud que solo quien ha esperado de verdad puede comprender, comencé a recuperarme. No solo físicamente. Algo más profundo también fue sanando. Y en ese proceso no estuve solo: mi esposa y mis hijos atravesaron cada momento conmigo, y Dios estuvo con todos nosotros. Él fue nuestra Roca Fuerte.
Hasta el día de hoy sigo de pie únicamente porque Él continúa extendiendo Su misericordia sobre mi vida. No tengo otra explicación. No busco ninguna otra.
Tres años después de aquel diagnóstico, en un momento completamente ordinario, estando en la ducha, algo regresó. Una imagen que había vivido dormida en algún rincón de mi imaginación desde la juventud: una escena de encuentro, de torpeza, de café derramado y amor que nace donde menos se espera. Una imagen pequeña, casi ingenua, pero que de pronto brilló con una claridad que no podía ignorar.
Salí de la ducha, vi a mi hija y le dije: “Voy a ser escritor.” Se sonrió y siguió con sus actividades. Yo me senté a escribir.
Durante siete meses, todos los días. Con dudas que a veces pesaban más que las palabras, preguntándome si lo que estaba construyendo tenía valor, si alguien algún día querría leerlo, si yo era la persona indicada para escribirlo. Porque debo ser honesto: yo no me formé para esto. No tengo estudios literarios, no pasé por talleres, no conozco las reglas del oficio de memoria. Lo que tengo es lo que Dios puso en mis manos, y eso resultó ser suficiente.
Al principio, solo quise escribir una historia de amor. Pero en algún punto del camino, sin que yo lo planificara ni lo buscara, la fe comenzó a habitar cada página. Las escenas llegaban. Las palabras aparecían. Los personajes cobraban vida con una profundidad que muchas veces me sorprendía a mí mismo. Era como si mis manos estuvieran siendo guiadas hacia algo que yo todavía no podía ver completo.
Mi familia al principio sonrió con escepticismo, como quien observa una idea nueva y espera a ver cuánto dura. Pero los días pasaron, y yo seguía ahí, con la música puesta y el mundo del libro más real que la habitación que me rodeaba. Con el tiempo, el escepticismo se convirtió en apoyo genuino. Solo se quejaban, de vez en cuando, de la música que escuchaba una y otra vez.
Hoy los personajes de esta historia son parte de mí. Los conozco como se conoce a alguien que ha estado presente en los momentos importantes. Los amo profundamente. Lloré más de una vez escribiéndolos, especialmente con Nova, y con la pequeña Nova. Hay escenas en este libro que no puedo releer sin que algo se mueva muy adentro.
Si alguien me pregunta cómo lo hice, la respuesta honesta es simple: no lo hice yo. Simplemente lo recibí.
La enfermedad me detuvo, y en esa detención Dios sembró algo. El tiempo que perdí se convirtió en el tiempo que necesitaba. Lo que sentí como un derrumbe fue, en realidad, la preparación. Lo que creí que era un final, solo fue el inicio.
En estos días, Dios sigue transformando mi vida. Como decía Pablo, y como yo lo hago mío cada mañana: “No creo ya haberlo alcanzado, pero sigo rumbo a la meta.” Sigo en camino. Sigo aprendiendo. Sigo recibiendo.
No quiero terminar esta historia sin mencionar algo que sucedió hace muchos años, cuando alguien acababa de romperme el corazón. Una amiga, de cuyo nombre ya no guardo memoria, sentados en un café de Pilar, intentaba consolarme en medio del dolor cuando me dijo algo que nunca olvidé: “Dios va a cumplir Su propósito en tu vida, a pesar de vos mismo.” Nunca olvide esa frase, aunque debo ser honesto… recien hoy la entiendo por completo.
Todo lo que tengo, todo lo que soy, todo lo que escribí, se lo debo a Él. A nadie más. Mi vida entera le pertenece. Y mi anhelo no es vender un libro ni alcanzar ninguna fama. Mi anhelo es que quien lea estas páginas sienta, aunque sea por un instante, que Dios es la única respuesta real. Que… cuesta arriba, cuesta abajo, Él nunca se cansa de buscarnos.
No son los diagnósticos los que definen una vida, ni los momentos inesperados donde algo vuelve a encenderse adentro. Es un Dios Todopoderoso que nos ama como nadie más podría amarnos, y que, aun hoy, sigue cambiando vidas como lo hizo hace dos mil años al dar la suya por nosotros. ¿Y sabés por qué lo hace…?


